martes, 4 de junio de 2013

El Gallinero

 

 
Claudio se levantó malhumorado.
Hacía rato que no podía descansar como corresponde
El gallinero se había convertido en un lugar inhabitable.
El cacareo de las gallinas era permanente, atronador.

Él, como buen gallo, madrugaba más que todas ellas.
Cuando aún el sol no había asomado, se subía al lugar más alto del gallinero y…¡¡¡kikiriki!!! ¡¡¡kikiriki!!!
su canto anunciaba que el amanecer estaba llegando.

Hombres y animales se enteraban por ese ¡kikiriki! que, como todas las madrugadas, la noche se replegaba en la oscuridad y dejaba lugar al nuevo día.

Los humanos se ponían en movimiento. Desayunaban y se preparaban para marchar a sus trabajos.
Los animales comenzaban a estirarse y desperezarse con un bostezo

Entonces él, cumplida su tarea, se preparaba para descansar un rato.
Mas tarde entraría al interior del gallinero y pisaría un par de gallinas.
Lo hacía todos los días con mucha atención.
Se cuidaba mucho de no repetirse, de no pisar dos días seguidos la misma gallina.

No quería quejas. Eran unas cuantas y él, gallo joven, recién llegado a ese gallinero, debía compensar a Juan, gallo imponente pero veterano, pícaro, que cada día trabajaba menos.

Juan le había explicado como moverse en aquel gallinero.
Le había enseñado los secretos de cada rincón y, en buena medida, las preferencias de cada gallina.
Finalmente le había recomendado, con bastante insistencia:
“Cualquier duda que tengas, cualquier cosa que te preocupe, no dudes en preguntarme. Recordá siempre que estamos en Argentina. Este no es un gallinero cualquiera. Es un gallinero argentino. ¿Está claro?”

Estaba claro. Clarísimo; si Juan lo decía…
Claudio no era un principiante, pero comparado con Juan era un gallo joven.
“De los viejos siempre se puede aprender algo”, se dijo.

Con el paso de los días, el malhumor se le había ido acentuando.
En ese gallinero no había un segundo de silencio.
Las gallinas no paraban de cacarear.
Él se esforzaba. Pisaba todas las gallinas que podía.
Pero…
No podía relajarse para descansar después de pisarlas.
Parecía que todas se pusieran de acuerdo para molestar su descanso
Cacareaban y cacareaban y cacareaban, todo el día.

Debía terminar con eso cuanto antes.
Algo tendría que hacer.
Se le ocurrió que lo primero era averiguar las razones de aquel barullo, de aquel cacareo permanente y ensordecedor.

Cruzó el gran patio y se encaminó hacia el núcleo del gallinero.
Se detuvo a observar el piso de tierra. Allí se apretujaban muchas gallinas cubiertas por la enorme cantidad de excrementos que caían desde la parte superior del gallinero.

Eran muchas. No paraban de cacarear y cacarear, mientras trataban de evitar la caca que les llovía desde los palos elevados, donde cacareaban otra importante, aunque mucho menor, cantidad de gallinas.

El espectáculo era fuerte. Las gallinas del piso corrían de un lado al otro, cacareando y tratando de sacudirse los excrementos que llevaban encima.

Por encima de eso, se alineaba una prolija fila de palos, muy bien acondicionados.
Sobre ellos cacareaba otro grupo de gallinas, aunque mucho más pequeño que el que se movía por el piso.

Claudio miró hacia arriba. Agitó sus alas y fue por una confirmación.
Dos aletazos y llegó a destino. Tratando de no exagerar su malhumor, empujó a una de las gallinas y ocupó su lugar en el palito.

Las observó a todas, que seguían cacareando estridentemente.
Algunas tenían sus plumas sucias como las de abajo.
Pero eran pocas.
Parecía como si hubieran subido por primera vez a esos palos.
Cacareaban como las otras, pero parecían satisfechas.

Allí, en esos palos, casi no caía excremento.
Porque, realmente arriba solo quedaban unos pocos palos, con muy pocas gallinas.

Sin embargo todas cacareaban: las que estaban bañadas de caca y también las otras, que solo presentaban alguna salpicadura menor.
Aún cacareaban las que no estaban sucias.
Y, por momentos, eran las más escandalosas.

Claudio comenzó a perder la paciencia.
“¡¡Estas gallinas me tienen harto!!- se dijo- ¿qué diablos quieren? ¿Por qué no paran de cacarear nunca?”

Mientras pensaba eso, sintió un empujón. Alguien lo obligaba a desplazarse en el palo para hacerse lugar.
“¡Lo único que les falta a estas gallinas!”, pensó.

Giro el pico, decidido a castigar a la atrevida que lo empujaba.

Pero…Allí estaba Juan, acomodando sus enormes alas para hacer equilibrio sobre el palo.

“¿Qué te pasa?”- preguntó Juan, con un gesto socarrón de veterano.

-“Estoy loco”-respondió Claudio-“Yo cumplo con todo lo mío: me levanto bien temprano, trato de despertar a todo el mundo con mi “kikiriki”, piso dos o tres gallinas cada mañana, tratando de no repetir. Cuido mucho tenerlas conformes a todas. Pero ellas me vuelven loco. ¡No paran de cacarear en todo el día! ¡No puedo descansar un minuto!”

Creyó adivinar una sonrisa socarrona en el pico de Juan.
El gallo veterano fue terminante: “Te avisé. Esto es un gallinero”

“-Ya sé”- respondió- “Ya sé”…”Y la ley del gallinero es clara. La gallina de arriba caga a la de abajo. Y acá las de abajo cacarean y cacarean porque están tapadas de caca”.
“Pero las del medio, casi, no están sucias. Y, sin embargo, por momentos… ¡cacarean más que las de abajo!”

Juan sacudió su cresta y lo palmeó con un ala.

-” Yo te avisé. Y te aclaré que era un gallinero argentino”

¡¿Y?!- Claudio no comprendía.
 
 
 
Juan señaló hacia abajo:
“Mirá bien, y escuchá bien, porque no lo voy a repetir:


 

                                
 
“Las gallinas de abajo cacarean todo el tiempo porque están hartas de “comer caca” todo el día”.

“Pero las del medio no cacarean por el poquito de caca que les cae de arriba”.

“Las del medio cacarean y cacarean porque las de abajo molestan con tanto ruido”.
” Y, además, todo el tiempo están tratando de subirse al palito de ellas”.
“¡Y, por si fuera poco, cada tanto alguna lo consigue!”

“¿Ahora, comprendes qué particularidad tiene el “gallinero argentino?”

Claudio se quedó pensando.
Se le comenzaban a ocurrir dos preguntas.
¿Tendría Juan la respuesta para ellas?

¿Cómo lograr que las gallinas de abajo pudieran subirse todas a los “palitos del medio”?
¿Cómo convencer a las gallinas del medio para que permitieran subir a “sus palitos” a las gallinas de abajo?

Eran dos buenas preguntas.
Si a Juan se le ocurría alguna idea, él estaba dispuesto a colaborar.
Si conseguían que se agrandaran los “palitos del medio” habría más lugar para que subieran las gallinas de abajo.
¿Por qué no?

Si lo lograran… ¡Otro gallo cantaría!

Gerardo Eloy Abbruzzese
 
gracias Fierro de papel
 

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