lunes, 30 de mayo de 2011

¡BASTA DE ORÁCULOS Y PITONISAS!!!

El fenómeno de los intelectuales en nuestras sociedades es digno de ser estudiado muy detenidamente. Para no hacer de este texto  un tratado filosófico, evitaré extenderme demasiado en el mismo.

Pero quiero invitarlos a pensar por qué el trato que se brinda a algunos de ellos es muy parecido a lo que, según la historia, ocurría con algunos pueblos primitivos.

Aquellos pueblos construían ídolos, personajes con poderes sobrehumanos, con una "misteriosa sabiduría" para justificar algunas incógnitas, algunos hechos,  que los hombres "comunes" no sabían explicar.

Esos ídolos, que eran en rigor de verdad, construcciones de los mismos hombres comunes, adquirían un carácter  de “sagrados”. Frente a ellos se doblegaban pueblos enteros que, por su incapacidad para hacerlo, su desinterés o ignorancia, o su interés sectario en evitar que los perjudicara el resultado, no realizaban ningún tipo de análisis de los hechos que ocurrían.

Esos hechos podían ser trágicos o benéficos para la comunidad, o para algunos de sus miembros. Pero la ignorancia de unos , el desinterés de otros, o el cuidado interés de los poderosos para no ver afectados sus intereses, hacía que se eludiera el estudio y la explicación de los sucesos.


Todo se atribuía, entonces, a la interpretación que de esos sucesos hicieran esos “ídolos” o “totems” que, sin llegar al rango todopoderoso de dioses, gozaban del “áurea” de sabiduría, iluminación o “espíritu superior” que los colocaba por encima del resto de los mortales.

Así han desfilado por la historia de la humanidad, oráculos, pitonisas, gurúes, adivinos, profetas que, “iluminados” por algún poder superior, misterioso y desconocido, influían y orientaban las opiniones y las conductas de las personas comunes, que reconocían en ellos el “saber sagrado”.


Con el transcurrir de los tiempos y el avance de la tecnología, han proliferado filósofos, escritores, ensayistas, periodistas…               En fin: un ejército de personajes a los que la sociedad atribuyó poderes mágicos, capaces de explicar a la sociedad lo que esa misma sociedad, por las razones expuestas, omite analizar y debatir.


En esa larga lista podemos ubicar a figuras como nuestro reciente visitante señor Vargas Llosa, el doméstico Aguinis, y tantos otros diseminados por todo el país y el planeta.


En los últimos días un segmento de nuestra “intelectualidad” ha reivindicado como integrante de esa nómina de “oráculos” que todo lo saben, y cuya palabra debe tomarse como “infalible”, a la inefable señora Beatriz Sarlo.


Lo lamento por ellos.
Quienes lo han hecho por conveniencia ideológica no han sido capaces de fundamentar por sí mismos sus argumentos y han debido recurrir a “la pitonisa”.

Los que se suben a las opiniones de la señora Sarlo porque no les interesa participar de debates en los que quedaría muy expuesta su limitada visión “elitista” y/o egoísta de la sociedad, deberían sincerarse y confesar que solo defienden intereses de “elites”.

Y los que eluden la discusión sobre ciertos temas de la sociedad por temor a que sus voces sean ignoradas por los “ilustres”, deberían perder esa subestimación de sus ideas.
Todos pueden, y deben, comprometer su opinión en los temas que nos involucran a todos.


Porque, sin poner en duda los pergaminos intelectuales que puedan exhibir los Vargas Llosa, las Sarlo, y todos los “iluminados” que pululan por los medios, hay temas de nuestra sociedad en los que la opinión de cada uno de ellos tiene el mismo valor que la de cada uno de nosotros.
 
Los oráculos y las pitonisas solo son, en Argentina 2011, una excusa para quienes no son capaces de sostener sus ideas con su propia palabra.
 
¡¡¡Basta de “oráculos y pitonisas!!!

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